Una pausa espiritual

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Nos ha tocado vivir en un tiempo, en el que la rapidez lo contagia todo, ofreciéndonos logros sorprendentes, pero, también, atropellándonos en su caótico torbellino. Con mucha frecuencia no tenemos tiempo, ni siquiera para cumplir nuestras más elementales obligaciones. Es tal la catarata de acontecimientos, que sofocan nuestra vida, que nos vemos atrapados en angustiosos pantanos, que nos van aniquilando, poco a poco, pero en forma inexorable.

El momento actual, ha precipitado sobre nosotros, un abismo de ruidos, de oscuridades, de sobresaltos y trastornos que han quebrantado la armonía íntima de nuestros sentimientos y nobles aspiraciones. Siempre estamos en la búsqueda constante de la felicidad, sin que logremos alcanzarla plenamente.

No busques a Dios en el templo, búscalo en tu corazón.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino
hágase Señor tu voluntad,
tanto en el cielo, como en la tierra
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestros pecados
así como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en tentación,
líbranos de todo mal, amén.

Necesitamos recobrar nuestra propia interioridad, dialogar viva, familiarmente, con esos seres divinos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que nos colmarán con su insondable paz, nos recordarán el sentido profundo de nuestra vida, el verdadero fin y objetivo de nuestros esfuerzos.

Nuestra vida adquirirá su más genuino valor, en la medida en que dejemos que la invasión de la claridad, nos inunde, en aquella sinceridad incondicional, para que Dios irrumpa en nuestra existencia, y haga de ella una alabanza para su Gloria, y un camino de salvación, que nos perfeccione y auxilie a los demás en su ascensión a la casa del Padre.

Que éste sea nuestro propósito, recitar todos los días el Padre Nuestro: Como Cristo nos enseñó a Orar.

Fuente: eresbautizado.com
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