Que nadie se pierda, y todos se salven.
(cf. 2 Pedro 3, 9)
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Hay momentos en los que uno ya no se siente con fuerzas para empezar de nuevo. No es que no quiera, es que algo dentro de ti está cansado de intentarlo, de fallar, de volver a lo mismo.
Y entonces empiezas a bajar las expectativas, a conformarte, a no esperar demasiado de ti ni de la vida. Pero el corazón de Jesús no funciona así.
El Sagrado Corazón no se acerca desde la exigencia, se acerca desde la misericordia, desde una cercanía que no humilla, que no reprocha, que no se cansa de levantarte incluso cuando tú ya te cansaste.
“El Señor es mi Pastor… repara mis fuerzas”. No habla de alguien que te deja solo en tu debilidad, habla de alguien que entra en ella y la transforma. Pero para eso, necesitas dejarte encontrar ahí, no cuando estés mejor, no cuando ya hayas resuelto todo, sino justo donde te sientes más débil.
Porque es ahí donde Él actúa.
El problema es que muchas veces preferimos escondernos, alejarnos, esperar a estar bien para volver. Y eso solo alarga el proceso. El Corazón de Jesús no espera una versión perfecta de ti, espera al tú real. Y cuando te acercas así, algo empieza a cambiar, no siempre de golpe, pero sí de verdad.
A veces lo único que necesitas es un espacio donde puedas volver sin presión, donde puedas dejar de exigirte tanto y simplemente permitir que Él haga lo que tú no has podido.
Y eso puede ser más cercano de lo que piensas. Jesús, el Buen Pastor que te da vida. Hay una diferencia entre vivir y simplemente seguir. Puedes cumplir con todo, avanzar, resolver, hacer lo que se espera de ti, y aun así sentir que algo falta, como si la vida estuviera incompleta, como si no terminara de tener sentido.
El Buen Pastor no solo guía, da vida
No una vida superficial o pasajera, sino una vida que se siente por dentro, que llena, que da paz incluso en medio de lo difícil, que ordena lo que estaba disperso. “El Señor es mi Pastor… nada me falta”. No porque todo sea perfecto, sino porque cuando Él está en el centro, todo encuentra su lugar.
Pero para experimentar eso, no basta con saberlo, hay que vivirlo.
Y muchas veces eso implica salir de lo de siempre, darte un espacio distinto, permitir que esa relación deje de ser lejana y se vuelva real. Hay momentos en los que uno necesita algo más que seguir intentando, necesita encontrarse de verdad.
Si hay algo dentro de ti que sabe que no quiere seguir igual, que busca algo más profundo, más verdadero, vale la pena escucharlo. Porque esa inquietud no aparece por casualidad. Y puede ser el inicio de una vida distinta.