HEMOS VISTO TU GLORIA SEÑOR.
¿Quién ha visto la gloria de Dios? Pero, ¿qué significa gloria? Esta es la descripción de su raíz: en hebreo Kavod significa honor, respeto, gloria o dignidad. Además, Kavod significa “pesado”, lo que implica que el honor y la dignidad tienen un peso o importancia significativa. Esto también conlleva que la gloria de Dios es algo de gran peso, importante y de valor. Hace años, un día tuve una inspiración y escribí la letra de un canto titulado “Hemos visto tu gloria, Señor”, que después le pedí a Rafael Moreno creara la música y el canto.
Ver la gloria del Señor es, para mí, una de las máximas experiencias espirituales, capaz de producir un cambio en la vida y que se manifiesta con un mensaje poderoso y de peso por parte de Dios. Muchos personajes del Antiguo Testamento escucharon la voz de Dios: Noé, Abraham, Jacob y otros más, incluyendo profetas como Jeremías, Isaías y Ezequiel. Estas experiencias quedaron para siempre en la historia gracias al don de poder escuchar sus palabras. En lo personal, el haber iniciado el estudio de la Biblia me permitió ver la gloria del Señor, o sea, viví algo muy profundo, muy fuerte, algo único que no había descubierto hasta ese momento de mi vida. Por eso, como católico, tengo ese celo de hablarles a todos de la importancia de leer y conocer mejor las Sagradas Escrituras, porque es la voz de Dios hablando al corazón, produciendo en nosotros una transformación maravillosa. Por mi propia experiencia puedo decir que desde ahí comencé a ver su gloria; cuando tuve mi encuentro con Jesús Palabra, ocurrió mi metanoia, mi conversión, y empecé una nueva vida que hasta hoy doy testimonio de que fue la mejor decisión que pude haber tomado. Sigo y seguiré compartiendo mi testimonio, porque si no lo confieso, ocurrirá como dice la Escritura, cuando nuestro Señor dijo a los fariseos: «Yo les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras». (San Lucas 19, 40)
En el libro del Éxodo se nos muestra que un día Moisés, estando en su trabajo diario pastoreando los rebaños de su suegro Jetró, a los que llevó muy adentro en el desierto; estando allí, tuvo la siguiente experiencia: «El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés dijo: –Voy a acercarme a mirar este espectáculo tan admirable: cómo es que no se quema la zarza. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: –Moisés, Moisés. Respondió él: –Aquí estoy. Dijo Dios: –No te acerques. Quítate las sandalias de los pies, porque el sitio que pisas es terreno sagrado. Y añadió: –Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara, temeroso de mirar a Dios. El Señor le dijo: –He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel». (Ex 3, 2-8a)
Aquí Moisés pudo ver la gloria de Dios, y con esto entendemos que cuando se vive una experiencia milagrosa estamos ante la gloria de Dios y uno se queda muy sorprendido; todo se vuelve difícil de descifrar, de entender lo que significa esa manifestación. Moisés no dejó de ver la zarza ardiendo como fuera de lo común, porque una zarza se enciende y en segundos se apaga, pero aquí no dejaba de estar encendida. ¡No olvidemos que el Espíritu Santo, cuando bajó en Pentecostés, lo hizo como fuego! Hoy el fuego del Espíritu Santo está encendido y quienes lo logran ver, su vida es transformada por ese poder que el Espíritu de Dios infunde en ellos. Aquí, en esta experiencia de la manifestación del Padre a Moisés, hay una razón y un propósito: Dios ve el sufrimiento de su pueblo, de nosotros sus hijos, y se revela a Moisés dándole un plan para sacarlos del sufrimiento. Aquí se les hace una promesa: una tierra nueva y abundante donde mana leche y miel. ¡Una gran promesa!
Así que cada vez que usted experimente algo fuera de lo común, algo sobrenatural donde está la presencia del Espíritu Santo, muy seguramente está ante la gloria del Señor y hay algo, hay un propósito de parte de Dios para usted detrás de esa manifestación. El Señor quiere lo mejor para usted y su familia. Su deseo es verle feliz, viviendo con esperanza y con la fe de que Él nos hará ver la victoria, así como al pueblo de Israel, que salieron y un día llegaron a la tierra prometida; sin embargo, muchos no llegaron porque no creyeron en lo que Dios les había prometido a través de Moisés. Recordemos que lo que Dios promete, lo cumple siempre en su tiempo. Yo soy testigo de haber visto en miles de mis hermanos cómo Dios se manifestó en sus vidas a través de una prédica, un evento de encuentro, una experiencia por la TV, radio y otras plataformas de comunicación. Incluso, cuando recibimos los Sacramentos, allí se vive la gloria del Señor, pues hay una manifestación del Espíritu Santo que, aunque no la veamos o no sintamos nada, está obrando con poder y gloria la gracia santificante de nuestro Señor Jesucristo.
Cuando el ángel Gabriel se le presentó a la Virgen María, ella pudo ver la gloria del Señor, aunque en ese momento, al igual que a Moisés, le fue difícil entender cómo sucedería ese plan de salvación. Cuando ella fue a ayudar a su prima Isabel, también ese día hubo una manifestación del Espíritu Santo y pudo ver la gloria del Señor, que lo manifestó diciendo: «Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque se ha fijado en la humillación de su esclava, y en adelante me felicitarán todas las generaciones […]». (cf. San Lucas 1, 46-48)
Usted y yo podemos ver la gloria del Señor si abrimos el corazón, si creemos en sus promesas, si escuchamos su voz. Él ve cómo estamos hoy; si nos ve viviendo bajo sufrimiento, nos busca para ofrecernos una tierra prometida. El apóstol más joven, san Juan, nos muestra en una forma única la manifestación de la gloria del Señor en las primeras palabras de su evangelio: “[…] vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a los que la recibieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios: ellos no han nacido de la sangre ni del deseo de la carne, ni del deseo del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad”. (San Juan 1, 11-14)
En los próximos días tendremos una serie de eventos (Metanoias) en los que podrás contemplar la gloria de Dios. Se está haciendo, de nuestra parte, un esfuerzo extraordinario para llegar cada vez a más lugares y ofrecer esta experiencia, esta manifestación del Espíritu a los corazones para transformar sus vidas. Y si usted vive donde habrá una Metanoia, no se la pierda por nada de este mundo. Quiero invitarle y motivarle a que venga, y ojalá con más personas que pueda invitar a vivir este encuentro transformador con Jesucristo nuestro Señor. Es Él quien le espera en el Metanoia Guadalajara, el 6 de septiembre, y un día después, el domingo 7 de septiembre, será el Metanoia Ciudad de México, para quienes estén en esta zona del país. Luego, y como cada año, tendremos el Metanoia de Mujeres y el CDJ (Congreso de Jóvenes) en Chicago los días 27 y 28 de septiembre. No lo dude: venga, participe, Dios tiene algo grande para usted.
Todos estos espacios son de encuentro con Dios, y por eso te sigo invitando a vivir la gloria de Dios a través de la consagración a su Hijo Jesucristo en el Proyecto Yo soy el 73. Es una experiencia profunda y de transformación. Escanee el código QR y descargue la app, cree una cuenta y regístrese a la próxima consagración que inicia el 30 de septiembre. La app está disponible en México y los EE.UU. Si está en otro país, no dude en comunicarse por WhatsApp al (818) 745-4398 y al +52 33 1487 6681. También puede escribir al correo electrónico: info@soy73.com y llamar en EE.UU. al (773) 777-7773 o en México al +52 33 4737 6326, y uno de nuestros hermanos le atenderá y guiará en este camino de discipulado.
Gracias, Sembradores, y que nuestro buen Dios les bendiga y sostenga en su camino bajo la acción del Espíritu que da vida.
Su amigo y servidor,