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Hay semanas que no comienzan con fuerza, sino con un peso extraño. Como si algo dentro de nosotros se resistiera a avanzar. Y en esta primera semana de Cuaresma, muchos lo sentimos: un tirón interior que nos incomoda, un desierto que se abre delante sin que lo hayamos elegido.
Porque el desierto no siempre es un lugar físico. A veces es una temporada, una emoción, un silencio, un acontecimiento. Y todos, tarde o temprano, entramos en él.
El desierto que compartimos
Esta semana, la liturgia nos coloca junto a Jesús en el desierto. No como espectadores, sino como compañeros de camino. Y de pronto nos damos cuenta de que su historia es también la nuestra.
Todos conocemos ese desierto donde las tentaciones se presentan con apariencia de “solución”:
- “Haz lo que sea para sentirte mejor ahora”.
- “Demuestra tu valor, que te admiren, que te aplaudan”.
- “Si Dios no actúa como tú esperas, hazlo a tu manera”.
Tal vez no las decimos en voz alta pero las dejamos crecer por dentro.
Y lo más fuerte es que esas tentaciones no aparecen cuando estamos en nuestro mejor momento, sino cuando estamos más vulnerables. Cuando la vida nos cansa, cuando la fe se nos vuelve rutina, cuando el corazón no encuentra su ritmo; cuando las cosas, proyectos o situaciones en familia simplemente no se adecuan a lo que esperamos.
Ahí, justo ahí, aparece el desierto. La batalla que nadie ve
Esta primera semana de Cuaresma suele revelar lo que llevamos dentro: el ruido que no queremos enfrentar, los hábitos que nos atan, las heridas que preferimos esconder, el miedo a no saber por dónde empezar.Y sin embargo, este lugar incómodo no es un castigo… ¡es un encuentro!
Porque en el desierto no se escuchan voces extrañas, sólo la voz de Dios. Y en medio de la sequedad, una verdad se hace clara: no estamos luchando solos.Jesús ya caminó este terreno antes que nosotros. Y si Él venció, es para que no temamos nuestra propia fragilidad, sino para que confiemos que también podemos vencer.
La tentación real: rendirnos por dentro
En esta semana, la tentación más común no será el pecado grande, sino el desánimo:
esa voz que susurra que no vale la pena, que no cambiaremos, que es mejor dejar las cosas como están.
Pero la Cuaresma no nos pide perfección, sino perseverancia. Dios no nos pide llegar lejos, sino dar el siguiente paso.
Tres actitudes que te ayudarán a atravesar el desierto
- Hacer silencio sin huir: El desierto revela lo que somos. Evadir el silencio nos mantiene dispersos;
abrazarlo nos abre a la verdad. Dedica unos minutos diarios para escuchar a Dios… y escucharte a ti. - Nombrar nuestra tentación: Cada quien conoce cuál es la voz que más lo debilita: la prisa, el orgullo, la comparación, la ansiedad, la autocompasión. Nombrarla es empezar a vencerla.
- Responder con amor concreto: En el desierto, Jesús respondió con Palabra y con fidelidad. Nosotros podemos responder con obras sencillas: un perdón, un gesto de paciencia, un sacrificio ofrecido por alguien, una renuncia que abra espacio a la gracia.
No es grandeza lo que Dios espera: es sinceridad. Dios no nos deja en el desierto… nos conduce a través de él. La primera semana siempre es la más decisiva. O seguimos caminando, o regresamos a lo de siempre. Pero esta vez, quizá podamos mirarla de otra manera:
No como una prueba pesada, sino como un llamado a regresar al centro. No como un esfuerzo solitario, sino como una oportunidad de caminar con Jesús. No como sequedad, sino como el inicio de una tierra nueva.
Tal vez el desierto que estás viviendo no lo elegiste… pero Dios sí sabe lo que quiere hacer en él. Y esta semana, Él te dice:
“No tengas miedo. Yo camino contigo”.
