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Hay momentos en la vida que no sólo marcan una historia personal, sino que se convierten en signo para toda una comunidad. El reciente encuentro de Noel Díaz con el Papa León XIV es uno de esos momentos.
Han pasado diez meses desde la partida del Papa Francisco. Para Noel —conocido en el Vaticano como “el lustrabotas del Papa”— regresar a Roma no fue un viaje más. Fue un acto de memoria agradecida, de fidelidad y de fe.
En 2016, durante la visita del Papa Francisco a México, Noel se acercó al Santo Padre con una petición que sorprendió al mundo: lustrarle los zapatos. No era un gesto improvisado. Era el eco de su propia historia: aquel niño que boleaba zapatos en las calles de Tijuana para poder comprarse su traje de primera comunión. El Papa aceptó. Y ese acto sencillo se convirtió en un lenguaje universal: la dignidad del trabajo, la humildad que eleva, la fe que nace desde abajo.

A partir de entonces, se forjó una relación marcada por encuentros fecundos, diálogo sincero y una comunión profunda con la misión de la Iglesia. Hoy, con la elección del Papa León XIV, Noel regresó a Roma no para repetir un gesto, sino para confirmarlo.
En el corazón del Palacio Apostólico, acompañado por el Padre Mario Torres y el Padre J. Q. Nain, Noel vivió una audiencia privada que él mismo describe como un privilegio difícil de expresar con palabras. No hubo un guion rígido ni una estrategia preparada. Hubo oración. Hubo abandono. Hubo disponibilidad a la novedad de Dios.
Frente al 267 sucesor de Pedro, Noel compartió su historia de conversión, nacida de la lectura de la Sagrada Escritura. Le habló con claridad sobre la urgencia de que los católicos conozcan la Biblia, recordando aquella frase de San Jerónimo: “Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”. El Papa León XIV confirmó esta convicción con firmeza. Conocer la Palabra es conocer a Jesucristo.
También presentó el proyecto “Yo Soy el 73”, nacido del deseo de que ningún alma se pierda. El Santo Padre acogió con interés esta misión y animó repetidamente a seguir adelante, especialmente en el servicio a los inmigrantes. No fue una coincidencia. El Papa, con su experiencia misionera en Perú, manifestó una sensibilidad especial hacia el pueblo sencillo y migrante. Escuchó atentamente. Preguntó. Reconoció el trabajo del apostolado. Y, sobre todo, alentó.
Uno de los momentos más significativos fue cuando Noel presentó nuevamente la caja de bolear. Ese pequeño cajón de madera, que una vez habló sin palabras ante el Papa Francisco, volvió a estar presente. Primero despertó una sonrisa; después, al conocer la historia, se convirtió en un símbolo comprendido. No es sólo una caja. Es memoria viva de una infancia humilde, de una fe probada, de una misión abrazada.
Este encuentro no es sólo un recuerdo emotivo. Es una confirmación. Para Noel, para ESNE, para la familia de “Yo Soy el 73”, representa una señal clara de comunión con la Iglesia. No se trata de un apostolado aislado, sino de una misión en plena sintonía con el Sucesor de Pedro.
En sus palabras finales, Noel agradeció a Dios, a la Virgen María y a cada miembro de la familia del Sembrador. Llevó a todos en sus oraciones y pidió la bendición del Santo Padre para cada sembrador, cada radioescucha, cada televidente, cada migrante que encuentra en estos medios un consuelo y una esperanza.
La conversación fue más larga de lo esperado. El diálogo quedó abierto. Y aunque los detalles quedarán guardados en el corazón, lo esencial ya está dicho: la humildad sigue siendo un lenguaje universal; la fe no se hereda, se vive y se entrega; y la misión continúa.
Un día histórico para Noel Díaz.
Un día histórico para El Sembrador.
Un día que confirma que, cuando todo se pone en manos de Dios, Él mismo abre las puertas.