Dra. Lucía Baez Luzondo
Metanoia de Mujeres 2026
Más de cinco mil mujeres se reunieron en este Metanoia de Mujeres 2026 para vivir un momento que, como dijo la Dra. Lucía Baez Luzondo, “no comenzó cuando compraste tu boleto… comenzó en el corazón del Padre, desde la eternidad”. Con un mensaje lleno de ternura, verdad y profundidad espiritual, Lucía llevó a cada mujer a reconocer que este encuentro no es casualidad, sino cumplimiento de un sueño divino.
Antes de que tú lo buscaras… Él ya te soñaba
Lucía inició recordando la eterna iniciativa de Dios. Él siempre llega primero. Incluso antes de nuestro nombre, de nuestras luchas, errores o fronteras, ya existíamos en su corazón.
Citando Jeremías 1,5:
“Antes de formarte en el vientre, te conocía”.
Cada mujer presente —con su historia, sus cargas y sus anhelos— fue llamada por Dios a este momento. No es una cita improvisada, sino un encuentro preparado por un Padre que conoce cada rincón del alma.
Dios Padre: no una idea, sino un rostro
La Dra. Lucía invitó a mirar al Padre no como un concepto, sino como una persona real que Jesús vino a revelarnos. Recordó la parábola del Padre misericordioso en el Evangelio de Evangelio según San Lucas, y describió ese amor que: espera, no se rinde, corre al encuentro, abraza antes de reclamar, restaura antes de reprochar.
Ese es tu Padre. No es copia de tu historia humana: es la fuente de toda paternidad (CIC 239).
Para quienes cargan heridas de abandono, ausencia o dolor paternal, Lucía insistió:
“Tu historia humana no limita el amor divino. Él es el Padre que siempre anhelaste”.
El encuentro que el Padre soñó
Este evento no es un programa más: es un momento de gracia. Desde la creación, Dios quiso relación, cercanía y amistad con la humanidad. Recordó que en Génesis, Dios caminaba con el hombre en el jardín.
Y que la mujer fue creada con dignidad, belleza y misión.
Mencionó la visión de San Juan Pablo II sobre el “genio femenino”: esa capacidad única de custodiar la vida, la fe, el amor y la esperanza incluso en medio de: procesos migratorios, matrimonios heridos, hijos alejados, cargas económicas, soledad.
Nada de eso anula el sueño del Padre sobre su hija.
Un encuentro profundamente personal
Jesús no murió por multitudes anónimas. Murió por ti.
Lucía Luzondo recordó que en Juan 17, Jesús oró por cada hija del Padre.
No por un grupo genérico, sino por cada alma en particular.
Y repitió con profunda convicción:
“No importa cuántas veces hayas caído. El Padre jamás dejó de esperarte”.
La mujer que se encuentra, se transforma
Lucía llevó el corazón a la experiencia de Virgen de Guadalupe, cuya ternura refleja el amor del Padre hacia sus hijas. Recordó que una mujer que experimenta este amor: sana heridas profundas, perdona, se reconcilia, recupera su dignidad, descubre su misión.
Porque una hija que sabe quién es ya no vive como esclava del miedo.
¿Cómo respondemos al sueño del Padre?
Lucía presentó un llamado claro y práctico:
1. Abrir el corazón:
El amor no se fuerza, pero sí se permite.
2. Volver a los sacramentos
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La confesión restaura.
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La Eucaristía es el abrazo permanente del Padre.
3. Orar como hijas, no como empleadas espirituales
No estamos aquí para ganarnos el amor de Dios: ya somos amadas.
4. Vivir como mujeres de fe en la comunidad
Más de cinco mil mujeres pueden salir de aquí convertidas en misioneras, proclamando:
“Yo soy la 73.”
El Padre te llama por tu nombre
La Dra. Lucía cerró su enseñanza con una escena poderosa: Imagina al cielo abriéndose y al Padre pronunciando tu nombre con ternura.
Isaías 43,1: “Te he llamado por tu nombre, tú eres mía.”
No eres invisible.
No eres un error.
No estás demasiado rota.
No es demasiado tarde.
Eres hija, eres amada, eres elegida, eres enviada.
Oración final
Padre bueno y todopoderoso,
Hoy estamos aquí porque Tú nos llamaste primero.
Gracias por soñarnos desde siempre.
Sana nuestras heridas.
Restaura nuestra identidad.
Reaviva nuestra fe.
Envíanos como mujeres valientes, eucarísticas, marianas y misioneras.
Que nunca olvidemos que este encuentro
fue el que Tú soñaste desde la eternidad.
Amén.