Apóstol

Tomás “el incrédulo”, podría ser el santo de nuestra época. La escena de desconfianza que nos narra el Evangelio, dio a su nombre un dejo extraño; pero Tomás de ninguna manera fue un escéptico demasiado precavido o un necio miedoso, como comúnmente se le pinta. Vale la pena salvar su honor, puesto que entre los doce Apóstoles se destaca como uno de los más autónomos y decididos. Todos los otros trataron de apartar al Hijo del hombre del camino hacia Jerusalén. Temían un atentado por parte de los fariseos. Pero Tomás desechó sus preocupaciones con las palabras más audaces, tan grandiosas en su sencillez: “Vayamos nosotros a morir con él” (Jn 11,16).

Así no habla alguien que por puras inhibiciones no logra la fe ni la acción. De nuevo se destacó Tomás cuando Jesús, en la Última Cena, insinuaba su pronta despedida. Aquello lo conmovió y, mientras los demás callaban, él se atrevió a formular la pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas ¿cómo podremos saber el camino?”. Si hubiera sido una pregunta tonta el Señor no habría dado aquella respuesta tan formidable: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”. (Jn 16,6).

Y con todo, después de aquellas expresiones de lealtad incondicional hasta la muerte y esos signos inconfundibles de amor y confianza para el Rabí de Nazaret, ¿qué significa aquella duda obstinada de la resurrección del Señor? Si Tomás se niega a aceptar por la fe lo que le narran los Apóstoles, no es por desconfiar del poder milagroso del Señor –pues muchas veces fue testigo de él-. Su sospecha se dirige a sus compañeros, cuya conmoción inmensa le aconseja precaución, no era un hombre de cortesía, sino de entera franqueza, y a sus amigos les decía lo que pensaba. Es comprensible que, en aquel momento dudara, desde el punto de vista humano, sobre todo tomando en cuenta que en su alma llevaba aún la pesadilla del Viernes sangriento.

Pero Cristo le tomó la palabra y, ocho días después, de nuevo se apareció a sus discípulos y Tomás reconoció su falta, se echó a los pies del Señor y confesó su fe delante de todos con la misma franqueza: “¡Señor mío y Dios mío!”. Estaba demasiado conmovido para decir más; pero en ese momento fue Tomás el vocero de la humanidad entera que, en el transcurso de la historia no ha encontrado una forma más breve, más humilde y más íntima de confesar su adoración a Dios.

Según los escritos apócrifos del siglo II, Tomás predicó el Evangelio a los hindúes y a los partos y murió en Edessa, donde le clavaron a una lanza. Allí mismo fue sepultado. Durante mucho tiempo no se dio crédito a esas leyendas sin verdad histórica; pero al comprobarse la existencia del rey Gundafas, mencionado en las leyendas del noroeste de la India en tiempos del apóstol, podemos considerar como probable que en sus caminatas apostólicas Tomás fue a lo largo de la costa de Malabar, penetrando en la India hasta Mailapur, cerca de Madrás, donde murió por su fe.

¿Quién tendría el derecho de criticar y menospreciar a tal hombre? Desde hace mucho tiempo que lo veneran como patrón de los agricultores, arquitectos, albañiles y carpinteros.

 

Fuente: Libro “Vivieron el Evangelio”.