LA FE Y EL CORONA VIRUS

 

Les saludo con el Shalom de Cristo con el cual les deseo paz y armonía en su vida personal y familiar. Con este mensaje no pretendo resaltar lo que es del todo conocido por ustedes acerca del origen de la pandemia, el llamado Coronavirus y todos sus efectos y estragos en el mundo. Más bien, quiero resaltar las diferentes formas de cómo hacerle frente.

El momento que vive el mundo es lamentable. No solo por las miles de personas que han fallecido a consecuencia de la enfermedad, sino también, por todos los que han sido contagiados y están en plena lucha, tratando de superarlo. Nosotros tampoco estuvimos exentos de contraer el virus y nunca imaginamos que, en nuestras instalaciones de ESNE, donde transmitimos diariamente la programación de radio y televisión, casi llegamos a cerrar completamente, en virtud de que algunos compañeros de trabajo salieron positivos al Covid-19. 

Hubo días, en que no más de 10 personas trabajaban en las instalaciones con el fin de mantener al aire la programación; la mayoría laboraba desde casa, cubriendo algunas áreas de trabajo, como, por ejemplo, contestando llamadas telefónicas de miles de personas que se comunican y que, en muchas ocasiones, necesitan de un consejo o de una palabra de ánimo y esperanza. Y es que nosotros también nos hemos encontrado viviendo una situación difícil y de tristeza a causa de la pandemia. Gracias a Dios, y a la entrega de nuestro equipo de colaboradores del apostolado, tanto en Los Ángeles como en Guadalajara, no hemos dejado de atender al pueblo del Señor.

Recordemos que el apóstol san Pablo le escribe a Timoteo desde la cárcel, diciéndole:  “La palabra de Dios no está encadenada”. Gracias a Dios, durante los días de contagio, El Sembrador no dejó de sembrar la fe y la esperanza de la Buena Nueva que es Jesús.

Hoy, más que nunca, recordamos lo que Moisés hizo delante de los israelitas, cuando en el desierto sufrieron muchas muertes a causa de la mordedura de serpientes venenosas: “Esculpió, en efecto, Moisés una serpiente de bronce y la puso en la punta de una asta; cuando uno cualquiera era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y se recuperaba”. (Números 21, 9). De hecho, Jesús hizo referencia a este pasaje bíblico y dijo que así sucedería de nuevo; ya no sería una serpiente de bronce, sino Él mismo al morir en la cruz. Nos dice San Juan 3,14-15: “Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

Es por esa razón bíblica que, nosotros como creyentes y como apostolado, no dejaremos de levantar nuestras voces para proclamarle ante todo el mundo. Alza tu mirada hacia Jesucristo porque Él es el remedio y la salvación. La bendita Palabra de Dios debe ser parte de la cuarentena para todo aquel que cree y tiene fe en el Señor Jesús. Gracias a Dios, nuestros compañeros de trabajo le hicieron frente al Covid-19 siguiendo su tratamiento médico, pero sobre todo, con su fe puesta en Jesús y tomados de la mano de María, nuestra Madre del cielo.

Conozcamos las Escrituras, ellas nos dan esperanza

Hermanos en Jesucristo, considero que, como buenos cristianos, es un tiempo para acercarnos a los libros sagrados y conocer las historias de los mártires de la iglesia, quienes padecieron y sufrieron enfermedades, pero gracias a su fe encontraron el consuelo y la salvación. 

En este tiempo de pandemia ha venido a mi mente, en varias ocasiones, cuando el ejército de los filisteos amenazaba al pueblo de Dios con el gigante Goliat, hasta que llegó un jovencito escogido por Dios de nombre David, quien al llegar al campo de batalla, no aceptó lo que sus ojos veían y dijo para sí, no puede ser posible que teniendo de nuestra parte al Dios todopoderoso, nuestro pueblo viva bajo el temor de este enemigo de Dios. Él solo se levantó y lo enfrentó, pero no con las armas que los demás usaban, sino con las armas espirituales:

«Tú vienes contra mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, el Dios de las huestes de Israel, a quien tú has desafiado. Hoy mismo el Señor te entregará en mis manos, te mataré y te arrancaré la cabeza, ... Y todos los aquí reunidos reconocerán que el Señor da victoria sin espada ni lanzas, pues esta es la guerra del Señor y él los entregará a ustedes en nuestro poder.»(1 Samuel 17, 45-47).

David venció a Goliat, quien cayó bajo a sus pies muerto por una sola piedra, vencido por el poder de Dios. Hoy, el gigante, que es la pandemia, tiene al mundo sometido con el miedo, temor, pánico e incertidumbre. Todos somos testigos de cómo millones de personas, creyentes y no creyentes, católicos y no católicos, le estamos haciendo frente. Me sorprende que nos dejemos intimidar y aceptemos vivir bajo el poder del temor y el miedo. No creo que sea la voluntad de Dios. Jesús mismo nos dejó claro el tema de la muerte. ¡Cuántas veces Él les habló a sus discípulos sobre ello!

En el Evangelio de san Mateo capítulo 10, versículo 28, Jesús dijo: “No tengan miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien tengan miedo de aquel que puede destruir el cuerpo y el alma en la gehena.”.  Jesús siempre nos dejó bien claro que, para quienes han puesto en Él su mirada, la vida no termina con la muerte. Recordemos que el Señor le dijo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y ninguno de los que viven y tienen fe en mí morirá para siempre.”.(Juan 11, 25-26). Jesucristo venció a la muerte y nosotros recordamos su victoria cada domingo de resurrección y cada día, cuando la Eucaristía es celebrada. Entonces, si de verdad celebramos su victoria, debemos creer que, si resucitó, nosotros también seremos resucitados con Él.

El verdadero cristiano que ha logrado entender y creer en Jesús, debe sentir y pensar como David, quien no aceptó vivir bajo el yugo del temor del gigante Goliat, sino que se enfrentó a él, aunque fuera riesgoso…y triunfó. El tema de la muerte, considero, todavía nos hace falta comprenderlo con más profundidad y entenderlo desde la óptica de Dios. Desafortunadamente, vivimos en una cultura que se aferra a las personas, a las cosas materiales y hasta a la vida, sin comprender que nuestro paso por esta tierra es temporal y que, llegado el momento, terminará. La verdadera vida comenzará en la eternidad.

No olvidemos la historia de los primeros creyentes quienes, habiendo fundado la iglesia primitiva, vivieron amenazados de muerte por más de 300 años. Muchos de ellos ofrendaron su vida y se convirtieron en mártires, ya que estaban convencidos de que, aunque perdieran la vida, su Señor, quien resucitó, les daría la vida eterna que les había prometido.

Creo que ellos comprendieron muy bien el concepto de la muerte y la vida perdurable. Basta con recordar la forma en que murieron la mayoría de los apóstoles.

Queridos hermanos en Jesucristo, con nuestra fe venceremos este gigante limitado y seremos más que ganadores. Jesús es nuestra fuerza y nuestra esperanza. Estoy rogando en mis oraciones, por todas las personas y las familias, de quienes han fallecido durante esta pandemia. Confiemos están en el seno del Señor, gozando de la vida eterna.

Todos tenemos un temor natural a la muerte pero, con mucha fe, podemos vencer ese temor cuando excede los límites. Seamos como David y no aceptemos vivir bajo el temor: LEVANTEMOS NUESTRA MIRADA Y MIREMOS A JESÚS. SI SENTIMOS QUE HEMOS SIDO MORDIDOS POR LA SERPIENTE DEL TEMOR, ÉL NOS HARÁ LIBRES. RECORDEMOS LAS PALABRAS QUE ÉL NOS DIJO: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

La vida que Él nos ofrece no está limitada a este momento terrenal, sino a la eternidad. La vida de Cristo no es temporal, es permanente, por eso es vida abundante.

Gracias por su generosidad

Gracias a sus valiosas ofrendas podemos llevar la Palabra de Dios a través de la televisión, radio y redes sociales. Sin su ayuda, no sería posible sembrar la buena semilla que trae la paz a los corazones de quienes la necesitan. 
 

 


 

Les comparto a todos ustedes, a quienes tanto aprecio, la declaración ante el Coronavirus. Reciban muchas bendiciones en Cristo Jesús.

 

DECLARACIÓN ANTE EL COVID-19

1. Prometo hacerle frente con todas mis fuerzas y en la medida de mis posibilidades siguiendo el protocolo establecido por las autoridades de la salud para protección de los demás y mía.

2. Reconozco que esta pandemia, por el momento, es parte de nuestra realidad cotidiana. Que, de una forma u otra, estoy expuesto al contagio porque tengo compromisos y responsabilidades ante los demás. Por esa razón, no estaré libre ciento por ciento de un posible contagio.

3. Si por alguna razón llegó a ser contagiado por el COVID-19, ¿cuál será mi actitud ante esta realidad? Tomaré todas las medidas indicadas por los médicos de estar aislado, de acuerdo a cómo responda mi sistema inmune. 

4.  Optaré por creer que seré uno más del noventa y nueve por ciento que lo superan.

5. Pondré toda mi esperanza en Dios Padre y su Hijo; pediré la intercesión de Santa María de Guadalupe y me resistiré a vivir con temor. Recordaré las palabras que Jesús, tantas veces repitió: "NO TENGAN MIEDO". Recordaré las mismas palabras dichas por san Juan Pablo II en su primer mensaje después de haber sido elegido como Pontífice, “¡No tengan miedo!”. Optaré por pedir a Jesús que aumente mi fe durante este proceso y ofreceré mi enfermedad por la conversión de los corazones. Aprovecharé ese momento para mi crecimiento espiritual, para acercarme más al Señor y, como prioridad, para estar en gracia de Dios. Pediré por mi familia, amigos y hermanos en la fe, para que hagan lo mismo que yo respecto a confiarle todo a Dios Padre.

6. Si después de luchar físicamente y ofrecer todo espiritualmente a Dios no lograra sobrevivir… entonces, por fe, creeré que no será una derrota sino la voluntad de Dios. Él habrá dispuesto que llegue ahora a la nueva vida por medio de su misericordia para entrar así al gozo de la salvación, comprada por el sacrificio y la sangre del Cordero sin mancha, Jesucristo. Deseo que mi familia y amigos celebren la vida con acción de gracias, porque Dios no quita la vida, Él la da y en abundancia. Tanto la vida como la muerte física es parte de nuestra realidad y no la podemos evadir, sino hacerle frente con la esperanza y la fe puesta en Jesús quien dijo:

“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno de los que viven y tienen fe en mí morirá para siempre”. (Jn 11, 25-26)

Cuando Jesús murió, muchos pensaron que la muerte había triunfado. Sin embargo no fue así, sino que Él resucitó al tercer día derrotando a la muerte por nosotros. Quien cree en Él muere para resucitar con Él. Por esta razón, san Pablo dijo: “Si vivimos, para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos. Así pues, en vida o en muerte, pertenecemos al Señor”. (Rom 14, 8) Y dijo Jesús: “¡Porque Dios es un Dios de vivos y no de muertos, ya que para él todos viven!”.  (Lc 20, 38)