Desde mi niñez siempre me conmovió ver llorar a la gente. En lo personal, recuerdo que en muchas ocasiones a quien vi llorar fue a mi amada madre. Aunque algunas veces guardé silencio respetando su privacidad, sus lágrimas siempre me conmovieron.

Hoy en día, cada vez que leo las Escrituras y me encuentro con algún pasaje del Evangelio, me impresiona mucho ver como a Jesús le conmovía mucho ver el dolor del pueblo y de muchas personas, hasta el punto que él mismo lloro en particulares ocasiones, como cuando murió su amigo Lázaro y presenció el dolor y el llanto de sus hermanas. Nos narran las Sagradas Escrituras: «Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies, diciendo: ─Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció, y les preguntó: ─ ¿Dónde lo sepultaron? Ellos le dijeron: ─ Ven a verlo Señor. Y JESUS LLORÓ. Los judíos dijeron entonces: ─ ¡Miren cuánto lo quería!» (Juan 11, 32-36).

Aunque Jesús sabía que rogando al Padre resucitaría a su amigo Lázaro, humanamente tuvo la capacidad de solidarizarse con el dolor de los demás, al manifestarlo con sus lágrimas.

He decidido escribir sobre este tema, porque en los últimos meses he sido testigo cercano del dolor, sufrimiento y lágrimas de personas cercanas que han enfrentado la pérdida de sus seres amados. En tres de los casos, muertes por suicidio y otro de ellos, el caso de un matrimonio quienes, a consecuencia de un accidente, perdieron a sus tres hijos: Los tres murieron y usted y yo no sabemos y tal vez ni imaginamos, el inmenso dolor de una experiencia de esa magnitud. Sin embargo, es necesario recordar que ante la muerte, tenemos la esperanza de alcanzar la vida verdadera, puesto que Jesucristo nos vino a salvar de la muerte eterna.

Vivir el duelo es bueno

Jesús se autoproclamó como la resurrección y la vida, (Juan 11, 25): «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que todavía está vivo, y cree en mí, no morirá jamás». La mayoría de nosotros, alguna vez hemos estado en el funeral de un ser querido, padre, madre, familiar, amigo, etc., y hemos sentido un dolor profundo por su pérdida física, hasta llevarnos a los límites del dolor y el sufrimiento. Lo primero que deseo enfatizar de esa experiencia, es que se vale llorar. Las emociones nos llevan con facilidad al llanto y es válido expresar nuestro dolor.

Algunas personas tienen la falsa creencia, sin base alguna, de que las personas que creen en Dios y tienen fe en él, no deben llorar. Cosa más absurda. Claro que todos tenemos el derecho de llorar y eso no debe producirnos vergüenza. Ante toda tragedia de muerte o de pérdida, se vale expresar nuestro dolor. El duelo es la respuesta normal y saludable de una persona ante una pérdida.

Todo duelo o tiempo de dolor y sufrimiento pasan por diferentes etapas y se van superando con la ayuda de Dios y de aquellos familiares y amigos que nos ayudan a hacer más llevadero este proceso. Ahora bien, es muy importante tener presente que nuestros seres queridos han muerto físicamente, pero no así su alma que vive por siempre.

La muerte es un proceso natural

De hecho, si creemos en la bendita misericordia de Dios, nuestros difuntos se encuentran gozando del lugar en donde, según la promesa del Señor, todo creyente espera llegar finalmente, y a donde los santos siempre anhelaron llegar para gozar de la presencia permanente del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Aunque muchos teman a la muerte, algo muy natural, debemos recordar que así es la ley de la vida, hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir.

En un futuro cercano, hablaremos más sobre este tema, pues son muchas las personas que no desean abordarlo y hasta tratan de evadirlo, pero es necesario y oportuno estar preparado para afrontar el momento en que algún ser amado fallece y parte de nuestro lado para siempre. Considero que es en estas difíciles circunstancias donde se establece una gran diferencia entre quienes no creen, ni tienen fe en Jesús, y quienes sí creemos y tenemos fe en él, porque Jesús es vida eterna. Es en estos tristes momentos, en donde todos tenemos el derecho para llorar la pérdida o ausencia de nuestros seres amados, estamos firmes en la esperanza de saber que les volveremos a ver algún día y nos reuniremos con ellos en el reino de Dios, de acuerdo a nuestra fe cristiana.

Otro de los grandes errores que regularmente escuchamos es que si lloras por la persona que ha fallecido no la dejas descansar en paz. Esta afirmación no tiene ningún fundamento, sino más bien son mitos e historias que se han pasado equivocadamente a lo largo del tiempo. Nuevamente reafirmo, todos podemos llorar la muerte de nuestros seres queridos y debemos orar y pedir por el descanso eterno de su alma.

Asimismo, es importante que en nuestras oraciones regulares diarias, pidamos por todas las almas del purgatorio, quienes tienen la esperanza de alcanzar la gloria de Dios en un futuro cercano.

Debemos consolar y no juzgar a quien lleva un duelo

En cuanto a las personas que han vivido la dolorosa experiencia de un ser querido que recurrió al suicidio, hay personas que se consideran jueces y dicen que ningún suicida puede alcanzar la salvación, porque Dios no perdona a quienes se quitan la vida. Es cierto que Dios no desea que nadie se quite la vida, sin embargo, ¿quién puede saber si la persona, unos segundos antes de morir, le pidió perdón a Dios? Eso fue lo que sucedió con aquel ladrón que murió a un lado de Jesús en la cruz y dijo: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. (Lucas 23, 42). Es por eso que, en lo personal, nunca haré juicio alguno, porque eso solamente le corresponde a Dios quién es el único que sabe lo que sucede entre él y la persona, antes de morir. Por otra parte, si creemos en un Dios misericordioso, implícitamente reconocemos que solamente él es quien sabe la razón o razones de por qué alguien llega a un punto de crisis y confusión mental y sicológico que lo llevó a tomar tan desafortunada decisión de terminar con su vida.

No obstante lo anterior, siempre encontraremos personas de buen corazón y de buena voluntad quienes, independientemente de las circunstancias de la muerte, llegan a dar sus respetos a los deudos del difunto y ofrecen consuelo a los familiares. Yo no considero prudente decirle a una persona doliente: “yo entiendo tu dolor”, aunque hayas pasado una experiencia igual. Lo mejor puede ser: “aquí estoy, cuenta conmigo”, o bien, simplemente dar un abrazo que manifieste la solidaridad en el dolor. Eso vale mucho.

Recordemos que Jesucristo vio mujeres llorar por la pérdida de sus seres queridos, como la viuda de Naín, a quien encontró en su camino y tuvo compasión de ella. Le dijo: “No llores” y luego sucedió el milagro de volverlo a la vida. Jesús conoce nuestro dolor personal y lo único que quiere es ofrecernos la vida eterna. Jesús nos confirmó en la esperanza y en todo momento nos ofreció la vida verdadera y plena, después de la vida terrenal. Por lo tanto, la muerte no es el final, sino un medio para llegar a la patria celestial y es por eso que decimos, al referirnos a nuestros difuntos: “que descanse en paz”.

Recordemos que Jesucristo murió en la cruz y él mismo mostró al mundo que, llegado el tercer día, venció a la muerte. El apóstol san Pablo es uno de los hombres que poseía una visión clara sobre la muerte: «Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si la vida en este cuerpo me permite seguir trabajando y dar mucho fruto, ya no sé qué elegir. Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo. Tengo la plena convicción de que me quedaré y permaneceré junto a todos ustedes, para que progresen y se alegren en la fe. De este modo, mi regreso y mi presencia entre ustedes les proporcionarán un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús.» (Filipenses 1, 21-26).

El consuelo de Dios

Decidí escribir la presente carta en estos términos por todo el dolor que hay en los corazones de tantas madres y padres de familia que se encuentran sufriendo la pérdida de sus hijos debido a diferentes circunstancias. Jesús tiene el deseo de decirle a esos padres de familia: «Yo comprendo su dolor y les prometo darles consuelo». Ese maravilloso consuelo viene a través del corazón amadísimo de la madre de Jesucristo, la Virgen María, quien experimentó el profundo dolor de ver morir a su único Hijo en la cruz y, sin lugar a dudas, derramó muchas lágrimas, pero se mantuvo firme en la esperanza de saber que Dios le daría la alegría de encontrarse con su Hijo, en la Gloria del cielo.

Gracias infinitas

Nuevamente levanto mi corazón hacia el Señor y le doy infinitas gracias por todos nuestros fieles sembradores y amigos de este apostolado quienes, con sus ofrendas de amor, mensualmente, nos ayudan a sostener esta obra del Señor para llevar a través de la radio, la televisión, el internet y otros medios de comunicación social, el mensaje evangelizador y de esperanza a tantas personas que necesitan conocer lo que Dios y su Hijo Jesucristo ofrecen a sus vidas en este mundo tan lleno de incertidumbre, dolor y sufrimiento. La palabra de vida que llevamos diariamente ha producido mucho fruto para la gloria de Dios, y eso lo llevamos a cabo gracias a la generosidad de ustedes. Pedimos diariamente a Dios por todos ustedes, para que él bendiga a sus familias y les de mucha paz, salud y bienestar en sus trabajos y en su hogar.

Les invitamos a seguir colaborando con nuestra misión, para lograr ser el consuelo de tantos corazones que sufren, que no encuentran sentido al dolor y que viven descorazonados por su situación.

 

Atentamente en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, nos tomamos de la mano de Santa María de Guadalupe, para que derrame sobre ustedes su abundante bendición.

Noel Díaz

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