Agosto 2019 - Las Buenas Nuevas

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2019


En cierta ocasión a Jesús le hicieron una pregunta con el fin de ponerlo a prueba. Esta pregunta, considero, es una de las más importantes que todo ser humano se hace o se ha hecho en su vida: “¿Quién es mi prójimo?”. La respuesta la tiene el Señor y es de un valor incalculable para estos tiempos que vivimos. La encontramos en el pasaje donde Jesús relata la parábola del “Buen Samaritano”.

Dice la Escritura: «Un maestro de la ley fue a hablar con Jesús, y para ponerlo a prueba le preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús le contestó: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué es lo que lees? El maestro de la ley contestó: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y ama a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús le dijo: Has contestado bien. Si haces eso, tendrás la vida. Pero el maestro de la ley queriendo justificar su pregunta, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús entonces le contestó: “Un hombre iba por el camino de Jerusalén a Jericó, y unos bandidos lo asaltaron y le quitaron hasta la ropa; lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote pasaba por el mismo camino; pero al verlo, dio un rodeo y siguió adelante. También un levita llegó a aquel lugar, y cuando lo vio, dio un rodeo y siguió adelante. Pero un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, al verlo, sintió compasión. Se acercó a él, le curó las heridas con aceite y vino, y le puso vendas. Luego lo subió en su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, el samaritano sacó el equivalente al salario de dos días, se lo dio al dueño del alojamiento y le dijo: “Cuide a este hombre, y si gasta usted algo más, yo se lo pagaré cuando vuelva.” Pues bien, ¿cuál de esos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos? El maestro de la ley contestó: El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: Pues ve y haz tú lo mismo.» (Lucas 10, 25-37).

En nuestro tiempo, existen miles de hombres y mujeres heridos como la persona descrita en la parábola. Desde el momento de la concepción toda criatura enfrenta peligros y ataques de muerte. El aborto, por ejemplo, es uno de esos ataques y actos depravados que existen en nuestro tiempo y, quienes lo cometen, se convierten a su vez en personas lastimadas, al tomar conciencia de que han cometido un gran pecado luego de haber terminado con la vida de un ser humano, de su propio hijo.

Asimismo, hay niños sufriendo de cáncer, niños que son víctimas de abandono y de abusos de diferente índole; que sufren y se ven afectados en su vida futura. Hay miles de jóvenes hundidos en adicciones y en el desconcierto de no saber qué hacer con su vida. Existen muchos matrimonios quebrantados y al borde del caos, rompiendo con ello la funcionalidad de la familia y sus miembros. En las periferias de la sociedad están los marginados, los pobres, los enfermos, los ancianos, los presos, las personas que viven en soledad y lloran porque se sienten desamparados y caen en depresión. En todos y en cada uno de estos casos, vemos la imagen del hombre herido del que habló Jesús. Nuestro prójimo.

Queremos ser el buen samaritano

El Sembrador es, además de un apostolado, una familia que ha tomado conciencia de todas estas heridas. Sabemos que no podemos pasar de largo y ser indiferentes ante el dolor y la necesidad del prójimo. A diferencia del sacerdote y el levita de la parábola, nos hemos detenido para ver las heridas de las personas, del pueblo que sufre. Por eso existimos, queremos ser el buen samaritano, no solo porque deseamos ganar la vida eterna, sino porque es nuestro deber y nuestro propósito: Es la razón del evangelio de Jesús.

Y es que, toda persona que ha tenido un encuentro personal con Jesús, reconoce que ha sido rescatado en el camino por la misericordia de Dios, ya que fuimos también, alguna vez, el hombre herido. Por ello, permítanme decirles, es doloroso ver la indiferencia de muchas personas que ven las lágrimas y el dolor de sus hermanos y pasan sin detenerse.

Por ello, no me cansaré de dar gracias a Dios por los miles de personas, que nos han dicho: yo estaba en depresión; yo era drogadicto; yo era alcohólico; mi matrimonio y mi familia se salvaron gracias a un mensaje recibido, a una oración que escuché a través de la televisión, la radio o de un evento de evangelización al que asistí, o por otro medio. Presidiarios dando testimonio de conversión al leer una carta o escuchar la radio. Miles de vidas transformadas por gracia de Dios.

Recordemos con atención que, al final de la parábola, Jesús le dice al Maestro de la Ley: «Ve y haz tú lo mismo». Usted y yo debemos imitar al buen samaritano. Lo hacemos cuando rezamos por los demás, cuando ofrecemos tiempo para auxiliar a alguien, incluso cuando apoyamos con la ofrenda o semilla a este apostolado, ya que esto nos ayuda a juntos, extender las manos para ayudar al herido a través de la obra que realizamos. Tomemos conciencia de que, en el mundo, hay miles de personas lastimadas, golpeadas a la orilla del camino que esperan ayuda. Cuando apoyamos, aunque tengamos nuestros propios problemas, Dios se encarga de nosotros y además preparamos nuestro personal camino hacia la vida eterna.

Los invito a ver a Jesús como el Buen Samaritano, quien te ama, te ve y se detiene para ayudarte con ojos de amor y misericordia; para cuidarte y permanecer a tu lado por siempre.

Diariamente ruego al Señor por usted y su familia, para que Él los bendiga y se encargue de todas sus necesidades. Agradezco sus oraciones y su fidelidad al continuar sembrando su semilla, esa ofrenda que significa gritarle al mundo entero que Jesús ésta vivo. Dios los bendiga.


Reciban todo mi aprecio y consideración y aprovecho para pedir a Dios, Nuestro Señor, que junto a su Santísima madre, la maravillosa Virgen de Guadalupe, permanezca con ustedes por siempre.

Noel Díaz

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